“Todo Está Bien”

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Hola. Soy Laura y tuve un desorden alimenticio.

Ocho palabras que tardaron casi nueve años en salir de mi boca, a la cual castigué durante mucho tiempo por todo lo que se comía o pensaba comer.

Según mi psicóloga, siempre hay un instante, una persona, una palabra que detona nuestras desviaciones… Yo no identifico un episodio traumático preciso que me haya llevado a afirmar “Estoy gorda”, recuerdo varios… Yo era una adolescente con conflictos para entrar en sus jeans y una eterna batalla con la imagen de su abdomen en el espejo; un caldo de hormonas en ebullición al que le tocó pronunciar una de las frases más temidas entre su género: “Necesito una talla más grande”.

¿Qué pasó después?… entré en pánico, me deprimí y comencé a hacerme preguntas:

1. “¿Qué pasa si como menos?”

Busqué y encontré la respuesta… Menos comida = Menos kilos, mejores jeans y comentarios positivos.

2. “¿Qué pasa si como todavía menos y, además, corro?”

Salí un sábado siguiendo a mi padre al parque para mi primer sesión de running… un completo ridículo; recuerdo no poder avanzar más de trescientos metros sin detenerme porque me faltaba el aire o me dolían las piernas. Sin embargo, por muchas razones, resistí… creo que inmediatamente me enamoré de las sensaciones de libertad y soledad que se experimentan cuando uno recorre caminos a paso muy acelerado. Poco a poco fui avanzando y mejorando… Más kilómetros, menos comida = Aún menos kilos, mucho mejores jeans, más comentarios positivos.

Había dejado el sobrepeso y encontrado mi deporte, todo iba bien… Hasta que no.

“Hija, te ves enferma” fue la primer alerta de mis papás.

“Lala, estás muy flaca. ¿Todo bien?”, el llamado de atención de mis amigos.

La verdad, es que los ignoré un rato… Se sentía tan bien ser flaca y ponerme la ropa que me diera la gana… Además, me había entrenado tan bien en eso de comer porciones extremadamente pequeñas que me parecía absurdo renunciar a ello. “Todo está bien”, me decía y les decía a todos; “Yo sí como, no soy anoréxica”, “Yo no vomito, no soy bulímica”.

Y entonces: “Laura, se te está cayendo el pelo, ya no te está bajando, te mareas todo el tiempo, te cuesta cada vez más trabajo correr”… mi propio wake up call.

Así llegué con mi primer nutrióloga, con un peso seis kilos abajo del mínimo indispensable para alguien de mi edad y complexión, además de un porcentaje de masa muscular estúpidamente bajo y todas mis funciones hormonales trastornadas. “Llegaste a tiempo, tu cuerpo aún no tiene daños irreversibles, pero tienes que echarle ganas”, fueron las palabras de Lorena (así se llama mi salvadora). En ese entonces tenía ya 20 años y puse todo mi esfuerzo en comerme las diez porciones de carbohidratos, ocho de proteína y cinco de grasa que conformaban el menú diario de mi “dieta de engorda” y en correr sólo los kilómetros indicados por mi especialista en nutrición.

En unos meses, alcancé mi peso ideal y todo comenzó a regularizarse, me sentía bien, me veía mejor y Lorena consideró que era hora de dejarme libre… ya me había enseñado las reglas básicas de nutrición y me había dado una lista con los alimentos más y menos favorables que uno puede comer, con las porciones exactas indicadas para cada mí.

Estaba otra vez sola con la responsabilidad de cuidar de mí misma, pero tenía esa lista como guía. ¿Qué hice?… la usé de biblia. En mi vida no cabía una caloría más ni una caloría menos de las establecidas por Lorena en ese pedazo de papel; cualquier situación que me complicara la tarea de seguir el plan al pie de la letra era por demás estresante… no hablemos de salir a fiestas, ni mucho menos de citas; si no había nada que pudiese comer, no iba… o comía antes y sólo hacía acto de presencia. El periodo más infeliz y agotador de toda mi existencia. Esto, queridos todos, se llama ortorexia.

Sí, durante años me repetí que no tenía un desorden alimenticio porque sí comía y nunca había cometido el pecado de provocarme el vómito, entonces, yo estaba bien… Pues no; obsesionarse todo el día con comer sólo “lo correcto”, sentir que te quieres morir o que debes correr casi un maratón para quemar esa cucharada extra de aceite de oliva que alguien se atrevió a poner en tu ensalada, no es estar bien; llevar recipientes con tu comida a todas las reuniones familiares y rechazar absolutamente todo lo que salga de tu idea de lo correcto, no es estar bien.

¿Por qué lo hacía?… Porque el problema básico seguía existiendo; todas las mañanas seguía peleándome con el espejo, siempre buscando ese gramo de grasa extra en la cadera o en el abdomen, la celulitis en los muslos o lo que fuera. Yo comía “bien”, sí… Hacía ejercicio, sí… Pero no por las razones correctas. La comida y los kilómetros nunca alcanzaban para que me sintiera lo suficientemente flaca, bonita, sexy, bla bla bla… ¿Qué frustrante, no?

Lo peor es que, cuando tienes ese mindset, no sólo tienes problemas con tu relación con la comida, los tienes con todas tus relaciones; cuando no te tratas bien a ti mismo, aceptas mucha mierda de otros… parejas, “amigos”, jefes, etc… Y todo eso lo viví, mientras me hacía la chaqueta mental de que “todo estaba bien” y yo era “súper sana”.

Pasaron otros años, días muy duros, situaciones muy extrañas y dolorosas, altas y bajas, hasta que, en una crisis emocional, me encontré de nuevo pensando en la idea de “comer menos” y escribiendo un mensaje (en domingo, a las ocho de la mañana, por cierto) a uno de mis mejores amigos, sólo para decirle lo mal que me sentía por mi enorme panza, sintiendo pánico por toda la grasa que, según yo, se estaba acumulando en mi ser… “Wake up call”, again.

Por fortuna, ese amigo no me dejó y gracias a él decidí finalmente ir a psicoterapia (muchas veces lo pospuse, siguiendo con mi negación)… Definitivamente no ha estado fácil, pero es una de las mejores decisiones que he tomado y he aprendido a aceptar varias cosas:

  1. Estoy locamente enamorada de la comida y de la cocina: Viví tanto tiempo peleada con estas ideas sobre lo correcto y lo incorrecto, que estaba dejando pasar el secreto básico para alimentarse sanamente… disfrutar cada pedazo de comida que entra a tu cuerpo. Hoy creo firmemente que uno de los actos más hermosos en la vida es comer y pocas cosas me hacen sentir tan feliz, tan tranquila y tan viva, como enfrentarme a una cocina y a un montón de ingredientes y herramientas para crear.
  2. Mis motivos para hacer ejercicio eran completamente incorrectos: yo corría porque odiaba mis piernas, mi panza, mis caderas o para deshacerme de la culpa por una comida “incorrecta”… nunca por la razón real que debe mover a alguien a cuidarse: Amor propio. Que tu conducta alimenticia y tu actividad física se basen en un sentimiento de odio hacia ti mismo es una situación agotadora e insostenible. Si el mindset es “Me cuido porque me quiero”, hasta se vuelve más fácil y emocionante levantarse temprano para hacer ejercicio y cada porción de vegetales que te comes sabe mejor.
  3. Mi cuerpo no es perfecto… ni me interesa que lo sea. Vine a este mundo con un paquete de carne y huesos que estará conmigo hasta el final… ¿Podría haberme tocado uno mejor?… Claro, ¿Lo puedo cambiar?… No. Sólo puedo hacer dos cosas con él: cuidarlo o destruirlo. Decido cuidarlo para que pueda hacer, vivir y disfrutar muchas cosas, no para ajustarme a una talla, a una imagen o para que alguien me quiera… that’s bullshit.

Y entonces… ¿Ya soy totalmente feliz y me quiero un chingo todo el día, todos los días?… Pues no, pero hacía allá voy. Cuando se ha vivido tantos años con desórdenes como el mío, el camino es largo y la chamba no siempre es tan sencilla… hay días fáciles y difíciles… pero puedo decir que la vida actual de Lala tiene un nuevo eje rector:

More pleasure – less pressure, baby…

  • Mis decisiones sobre alimentación se basan en lo que me hace bien, en lo que me gusta y disfruto… Sí, los meseros me siguen odiando porque aún pido limonada/naranjada sin jarabe y enchiladas sin aceite ni crema, pero lo hago porque odio la sobrecarga de azúcar, el aceite me parece innecesario (prefiero comer otras grasas más ricas, como el aguacate) y siempre he creído que el sabor de la crema arruina las salsas… Aún bebo leche de soya, almendras o coco porque creo firmemente que saben mejor que la de vaca (sobre todo con el café)… Cocino y compro comida vegetariana y vegana porque me parece increíble, aunque mi vida no se ha ajustado a ninguna de estas alternativas alimentarias, he probado cosas que me han volado la cabeza y me han hecho más feliz que muchos platillos de la cocina “tradicional”. Pero siempre seré adicta al queso, amo el vino tinto y, si se me antoja, sin bronca puedo echarme un carajillo o compartir un postre de vez en cuando… porque no se acaba el mundo si lo hago, como solía pensar la vieja yo.
  • Cada vez cocino más y la mayoría de las cosas que hago son sanas, porque me gusta… Amo la idea de crear algo que, además de ser rico, sea realmente bueno y nutra mi cuerpo en lugar de enfermarlo.
  • Así como he decidido no comer nada que no disfrute, tampoco estoy forzándome a hacer ejercicio… sigo corriendo y hago strenght trainning en mi casa, cuando quiero, cuando puedo y durante el tiempo que me haga sentir bien y feliz… si me siento mal o simplemente no tengo ganas, no lo hago y punto. Ya me provoqué muchas lesiones y malos ratos por creer ciegamente en la filosofía del “No pain, no gain”… Trato de escuchar a mi cuerpo, él sabe cuándo hay que moverse y cuándo hay que parar. No sé si a todo el mundo le funcione, pero desde que tengo este mindset, de hecho estoy más motivada, me ejercito más veces a la semana… y estoy viendo resultados que nunca antes había tenido.
  • Tengo planes macabros relacionados con mi amor por la comida realmente sana… y no pienso soltarlos.

Termino (al fin) este texto, el primero. Si a alguno(a) de ustedes se sintió identificado(a) y/o le ha servido de algo, está increíble, si no fue así, mil gracias por perder el tiempo leyendo mis aventuras.

Y a todos los seres que han estado conmigo durante este periodo (ustedes saben quienes son)… Un millón de gracias. Espero poder devolverles algún día todo el amor, la paciencia y las horas de terapia gratuita que me han dado.

En fin… quiéranse, cuídense, disfrútense. (Coman frutas, verduras… y chocolate).

Besobai.

Lala

 

 

 

 

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7 thoughts on ““Todo Está Bien”

  1. Lala, detalle de mi amor, gracias por salir del clóset. Allá adentro se está muy sola por mucho que afuera hayamos muchos esperándote. Descubrirás ahora que no hay mejor condimento para disfrutar la comida que la compañía, la comprensión de quienes te rodeamos.
    Yo te quiero y ahora te admiro. Y por si no había quedado claro, aquí estoy.

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    1. Querida, en verdad tus palabras significan muchísimo para mí. Gracias por todo el amor que siempre has tenido para este detallito. Nos auguro muchas sesiones de café y postres para compartir éstas y otras experiencias. Te quiero y te admiro siempre. :*

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  2. Reblogueó esto en y comentado:
    La vida dentro del clóset de cualquier enfermedad siempre es más dura. Cuando cada uno de nosotros aprende a salir de él, y además lo comparte, no sólo sanamos nuestras propias heridas, sanamos la de quien nos ve salir.

    Gracias Lala.

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  3. Lala muchas gracias por compartir tu historia. Yo se como se siente verse en el espejo y decir “pinches lonjas” aunque aclaro que por mas odio que le tenga a mi panza jamas de los jamases he dejado de comer nadaaaa!!! ni las peores porquerias jojojo.
    Exito Lala y date mas chance de disfrutar la vida, como dice Borges “si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la proxima trataria de cometer mas errores”
    Saludos

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    1. ¡Mine!
      Mil gracias por leer, por tus palabras y por citar al gran Borges. 😉
      Podemos tener todas las imperfecciones del mundo (reales e inventadas)… pero, al final del día, eso no nos define, ¿sabes?
      Y no hay nada que se vea más bonito que sentirse a gusto con una misma. Lo importante es cuidarnos y disfrutarnos. 😉
      Te mando un abrazote. Gracias otra vez. :*

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