Herencias

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El día de muertos de 2015 publiqué esta foto en Instagram como recuerdo de mi abuela materna. Ahí está ella, leyéndole un cuento a Lala de 2-3 años, ambas enseñando pierna (yo más, como podrán darse cuenta… jaja).

El pie de foto que usé fue: “No se puede negar que de ella heredé las piernas, ni que la extraño siempre”.

Hace poco volví a ver esa publicación y no pude evitar sentirme fatal. Acabé ensuciando algo que pretendía ser un homenaje a alguien especial con los complejitos que siempre he tenido con mis extremidades inferiores. Mal, todo mal.

Y a partir de eso, vinieron otros recuerdos de miles de frustrantes sesiones frente al espejo a lo largo de toda mi vida, maldiciendo a mis genes por impedirme tener unas piernas lindas o un abdomen plano. Hoy, más que enojada por esto, me siento avergonzada.

A ver… En primer lugar, mi abuela era una mujer súper fuerte, con un carácter que ya quisiéramos muchos, que sacó adelante a sus hijos sin el apoyo de un hombre en una época en la que la independencia femenina no era común, ni socialmente aceptada. Trabajó hasta que el cuerpo se lo permitió, se divirtió, sufrió, comió, bailó y amó. En pocas palabras, era un ser humano chingonsísimo, de esos que le hacen honor a la vida porque en verdad se dedican a vivirla. ¿De verdad quiero reducir su legado a un par de características físicas que no me gustan? ¿Así de frívola quiero ser?

En segundo lugar, me pregunto si en realidad hay un problema con mis piernas. Como sea, tengo dos y ambas funcionan, caminan, corren y me han llevado a lugares increíbles. Odiarlas porque no se ajustan a la forma y tamaño que yo considero ideales, ¿no es sumamente injusto?

¿Y si mejor paro de mamar? (Disculpen mi francés).

Lo peor es que sé que no soy la única que ha culpado a sus genes por algún detalle físico con el que no está conforme, ni mucho menos soy la única que ha menospreciado las capacidades reales de su cuerpo por concentrarse en su apariencia. Y no pretendo que esto sea un sermón moralista sobre lo agradecidos que debemos estar por lo que nos tocó, sólo digo que deberíamos tener un mejor criterio y dar a cada cosa la importancia que merece.

Hay que entender que lo mejor que nos dejan nuestras familias como herencia es intangible. Sea cual sea su historia y la relación que tuvimos con ellos, nos transmiten valores, ideas, ideales, convicciones, lecciones. En cuanto a detalles físicos, lo único que realmente debería preocuparnos o mejor dicho, ocuparnos, es el historial de enfermedades, porque sí está en nuestras manos hacer lo necesario para cuidarnos.

También hay que saber que lo mejor que tienen nuestros cuerpos no es como lucen, sino lo que pueden hacer (y hacen) todos los días; a fin de cuentas, gracias a ellos tenemos la oportunidad de disfrutar la vida. Creo que estar batallando obsesiva y permanente con nuestro aspecto no sólo es agotador, también es una falta de autorespeto y una especie de ofensa para quienes no han tenido la suerte de experimentar este mundo con un cuerpo funcional como el nuestro.

Entonces, por nuestro bien y por la venerable memoria de todos nuestros ancestros, ¿no sería genial dejar de clavarnos en tonterías y mejor concentrar nuestra energía en querernos y respetarnos un poquito más?

No sé, piénsenlo.

Y mientras piensan, pueden escuchar esta belleza con la que siempre viene mí la imagen de mi abuela (y sí es algo lindo y digno de atención, no como las estupideces que leyeron al inicio de este texto). 😉

Besobai.

Lala

 

 

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