¿A qué le tememos tanto?

Todos sabemos que la gula es un “pecado capital”, o sea, que prácticamente estamos condenados a arder en el infierno si nos dedicamos a satisfacer nuestros deseos culinarios sin la menor restricción.

Yo no creo que debamos temer que Satanás nos torture en la otra vida por ser tan tragones en ésta, pero sí hay que aceptar que todo tiene consecuencias; todos los alimentos que consumimos tienen el poder de nutrirnos o de enfermarnos, el tema es saber elegir y, como ya he dicho, ese es una decisión individual y que merece respeto.

Sin embargo, a medida que mi romance con la comida se intensifica, he estado más atenta a las distintas posturas que existen hacia ella y he observado muchas situaciones que de pronto me hacen sentir incómoda y molesta, por ejemplo:

  • Un grupo de mujeres hablando diario sobre lo “gordas” que están y que “ya no pueden seguir así”, que está mal el postre que se compran después de comer (pero igual lo siguen haciendo), que está bien comer tal cosa y es pésimo comer otra, porque su dieta, bla, bla, bla… conversaciones eternas sobre sus culpas, que bien podrían hacer que cualquiera que las escuche concluya una sola cosa: alimentarse es frustrante.
  • Un par de chavitas en un restaurante con su respectivo plato de ensalada, diciéndose una a la otra cuántos gramos de proteína, carbohidratos y grasa tienen permitidos en esa comida para “tener derecho” de tomarse un capuccino en la noche. Conclusión: alimentarse es complicado, estresante y se trata de limitarse todo el tiempo.
  • Posteos que aparecen en mis redes sociales, sobre todo los fines de semana, con fotos de alimentos “no tan sanos”, con frases como “soy un@ gord@”, “prometo que mañana me pongo a dieta”, en fin… culpa, culpa y más culpa (sobre todo en el caso de las mujeres). Conclusión: Comer lo que te gusta está mal.

Qué estrés, ¿no? Me preocupa que haya una idea generalizada que indique que la comida es “el enemigo”, una especie de relación enferma de amor-odio, en la que se asume que comer lo que te gusta es TE-RRI-BLE y que debemos sentirnos culpables al respecto, que el hambre no es un instinto de supervivencia, ni una señal del cuerpo para avisarte que necesita nutrientes, sino una sensación maligna que debe suprimirse; de ahí la existencia de esos términos que alguna vez me gustaron tanto, como “guilt free”, “cheat meal” y demás babosadas, así como los chochos, pociones y menjurjes milagrosos que se venden como “supresores de apetito”.

Pero a ver, en serio… ¿qué ganamos con sentirnos culpables por todo lo que comemos?, ¿a dónde queremos llegar convenciéndonos de que un instinto que nos mantiene vivos es malo?

Yo ya pasé por ahí y puedo decirles que autojuzgarte por lo que comes o dejas de comer no conduce a nada bueno y no genera ningún cambio.

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En mi experiencia, uno disfruta más y es más fácil llevar un estilo de vida saludable cuando te alejas de tanta presión la sustituyes por entendimiento y respeto hacia la belleza de la comida. Esto es de lo que hablo…

Hay gente que dice que “hay que comer para vivir y no vivir para comer”… Ok, es un hecho que los alimentos, en el estricto sentido de las cosas, juegan un papel funcional en nuestras vidas, son el combustible para que todos nuestros órganos hagan lo que tienen que hacer cuando lo tienen que hacer; pero seamos sinceros… ¿quién de nosotros piensa “el jitomate en la salsa roja que me estoy comiendo tiene potasio que sirve para controlar la actividad eléctrica del corazón”? (Bitch, please) Pensamos si la salsa está buena o no, si pica mucho, poco o nada, si nos gusta más que otra; o tal vez nos acordamos de que nuestra madre hace la mejor salsa roja del universo o de los tacos que comimos alguna vez (porque todos sabemos el éxito de un taco depende en un 80% de su salsa); en resumen: las relaciones sensoriales y emocionales que uno puede tener con ese alimento están muy por encima de lo que hace a nivel funcional, ¿me cachan?

Y más allá de eso… En el tiempo que llevo en la Tierra, he visto comer y beber a miles de personas; he visto su expresión cuando prueban algo que enamora sus sentidos; he presenciado y experimentado cómo el simple aroma de un platillo puede evocar memorias de todo tipo y conmover hasta las lágrimas. También he vivido en carne propia el poder curativo de una buena cena después de un día pesado y el apapacho que puede sentir el corazón con un plato de comida de mamá. Me he sentido amada y he demostrado amor a otros a través de los alimentos; de ahí que me rehúse a creer que la comida sólo nos da las sustancias necesarias para sobrevivir, creo que también alimenta nuestras almas y nuestras mentes, que representa emociones, historia, cultura, identidad, tradición, memorias; que nos salva y nos sana. Es, probablemente, la relación más entrañable que tenemos con otros seres humanos y con la Tierra, por eso tiene incluso el poder de generar cambios económicos, políticos, sociales y ambientales.

¿Merece algo tan lindo, fuerte y poderoso que le tengamos tanto miedo?

Creo que debemos empezar por sanar y respetar nuestra relación con la comida para después poder usarla efectivamente como herramienta para llevar una vida saludable (si ese es el objetivo). Por supuesto, hay tips y guías que podemos seguir para mejorar nuestros hábitos al respecto, pero de eso hablaremos después. 😉

Por ahora, hagámonos un favor y dejemos de sentirnos mal por nuestros sentimientos hacia la comida, que bien decía Julia Child:

Las personas que aman comer son siempre las mejores personas”. 🙂

Besobai.

Lala

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